Niños con Transtorno del Espectro Autista (TEA) y perros

 Es un hecho indiscutible los beneficios que aporta un perro en terapia con niños y adultos, también con los niños con TEA (Trastornos del Espectro Autista).

Son muchos los años en los que se lleva trabajando en terapia profesional con perros y está sobradamente demostrada la mejoría de los niños en distintos niveles: relacional, psicológico, etc.

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El Trastorno de Espectro Autista afecta a 1 de cada 100 nacimientos, cifra que cada año va en aumento, siendo más frecuente en niños que en niñas.

Lorna Wing (1979) utilizó el término Trastorno de Espectro Autista, planteando lo que se conoce como “Tríada de Wing”:

  • Trastorno de reciprocidad social.
  • Trastorno de comunicación verbal y no verbal.
  • Ausencia de capacidad simbólica y conducta imaginativa.
  • Posteriormente añadió: los patrones repetitivos de actividad e intereses.

Se recoge dentro de los trastornos del neurodesarrollo. Existen 3 niveles de gravedad del TEA:

  • Nivel 1: Personas que requieran apoyo. Serían aquellas con el denominado “autismo de alto funcionamiento (AAF)” o “Síndrome de Asperger”.
  • Nivel 2: Personas con un nivel medio de funcionamiento cognitivo que requieren apoyo notable.
  • Nivel 3: Personas que requieren apoyo muy notable, pues poseen un nivel bajo de funcionamiento cognitivo.

La causa que origina este trastorno aún se desconoce, no obstante, sí existen una serie de hipótesis explicativas sobre su sintomatología a nivel neurobiológico y psicológico. Por otro lado, se ha demostrado que los factores de tipo genético, metabólico, neuroquímico o infeccioso contribuyen a la mayor probabilidad de que este trastorno esté presente. Concretamente, los factores genéticos se han detectado como los causantes en la mayoría de los casos.

Se cree que el primer terapeuta que usó perros en sus terapias con estos niños fue Boris M.Levinson (1965). Se dio cuenta cuando estaba con su perro y recibió la visita inesperada de un paciente. El niño se mostró de un modo más paciente que como venía comportándose y Levinson optó por conservar el perro durante la sesión. Fue a partir de entonces cuando empezó a realizar las terapias en presencia de su perro.

Pero no solo él, Redefer y Goodman (1989), también estudiaron y comprobaron las mejoras de estos niños cuando se trabajaba en terapia junto a perros. Registraron el número de veces que los niños dirigían su atención hacia el perro o hacia el terapeuta, así como las interacciones verbales o físicas, además del aislamiento. Los resultaron evidenciaron que en todas las sesiones en las que el perro estuvo presente, los niños desplegaron un mayor número de contactos visuales hacia los ojos del terapeuta y del perro, así como menor número de aislamientos (Paredes, 2012).

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Los niños que realizan terapia en compañía de un perro muestran un mayor progreso en comparación con los niños que realizan la misma terapia sin perro. La incorporación del perro a las terapias ha demostrado ser una valiosa herramienta porque además de favorecer la aparición de conductas positivas, potencia la adquisición de objetivos durante una terapia. (Paredes, 2012).

En general los beneficios que aportan son:

  • Menor número de conductas negativas como insultos o agresividad.
  • Mayor número de conductas positivas: dar y permitir el contacto físico del terapeuta, mirar directamente a los ojos e incluso sonreír.
  • El perro genera un ambiente más agradable= mejor comportamiento.
  • Los niños se sienten más seguros y tranquilos si hay un perro.
  • Los perros logran beneficios que muchas veces no lo hacen ni las familias ni los terapeutas.
  • Los perros logran romper el esquema fijo de comportamiento del niño.
  • El perro despierta el interés del niño, evitando que se recluya en su mundo.

 

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